Un día típico con fibromialgia (Parte 2)

Kira McCarthy

Puedes leer la primera parte aquí.

Empieza el día. Me levanto de la cama y me dispongo a asearme. Cada paso hacia la ducha resulta doloroso porque me siento como si mi cuerpo hubiera sido golpeado todo el dia anterior con un martillo de obra.

Para cuando llego a la cocina, la rigidez muscular prácticamente se ha desvanecido. A menudo me duele menos la cabeza. Mientras me preparo para ir al trabajo, mi cuerpo me implora atención. Siento dolores punzantes en múltiples partes de mi cuerpo.

El conducir hasta el trabajo conlleva sus propios retos. El agudo dolor que siento en mi muslo derecho hacen que acelerar y frenar duela. Y mirar los retrovisores girando el cuello implica sentir una oleada de dolor desde el cuello hasta los hombros. Cuando finalmente llego al trabajo, salgo del coche y camino hasta el edificio. Son las 8:30 a.m. y ya estoy agotada.

La jornada laboral es una batalla entre cumplir mis obligaciones del trabajo y hacer lo que es mejor para mi mente y cuerpo.

Durante el dia me tomo pausas para estirar, para descansar, para respirar profundo, para meditar, para hidratarme y para encontrar una postura razonable que me permita trabajar sin empeorar mucho mis niveles de dolor.

He de permanecer siempre consciente de la posición en la que está mi cuerpo y la tensión a la que estoy sometiendo mis musculos en todo momento. Mi cabeza ha de permanecer siempre alineada con mi columna y mirando hacia delante.No puedo mirar arriba, abajo o hacia los lados o más tarde lo lamentaré. Tengo el pupitre del trabajo acomodado de tal forma que no tenga que agacharme para escribir.

Para la hora de comer, el pitido de los oídos se ha tornado mucho más alto de lo que se considera manejable. Siento que se está produciendo un terremoto detrás de mis ojos. Es como si tuviera la gripe. Me duele todo. Tengo espasmos musculares de forma periódica en diferentes partes de mi cuerpo. Y de repente siento que es demasiado estímulo. Lo quiero oscuro y tranquilo.

De repente, me empieza a doler la mandibula y me doy cuenta de que he dejado de prestar atención y estaba apretando los dientes tratando de ignorar el resto de mi cuerpo. Mis ojos arden y me pican al mismo tiempo. Y a todo esto, he olvidado lo que suponia que deberia estar haciendo. Llevo toda la mañana olvidando palabras o utilizandolas de forma errónea, en gran medida porque mi cerebro estaba ocupado tratando de procesar las señales del dolor y manteniéndose en estrés constante.

La hora de comer ha terminado y es hora de volver al trabajo. A pesar de haber “dormido” 10 horas la noche anterior, noto oleadas de fatiga repentinas. Mi cuerpo simplemente se apaga. Mis párpados ruegan por cerrarse. Bostezo y bostezo mientras me convenzo a mi misma que no lograré acabar la jornada.

Si consigo encontrar un lugar tranquilo y oscuro para poder echar una siesta, mi cuerpo simplemente se niega a cooperar. Mis piernas se empiezan a sentir extrañas… Al principio, es como si algo estuviera trepando alrededor de mis piernas. Arriba y abajo desde los muslos hasta los pies. Luego esta cosa, a la que llamo los Kremlars, parece que hayan despertado a todos sus amigos y todos ellos estén corriendo a través y por dentro de mis piernas, revoloteando y chapoteando. Me causa tanto malestar e incomodidad que tengo la necesidad de levantarme y caminar un rato para tratar de que los Kremlars se vayan de vuelta a la cama.

Ya he finalizado la jornada laboral y acumulo toda la rigidez muscular que conducir me causa mientras vuelvo a casa. Es ahora cuando es tiempo de hacer las tareas del hogar. Cocinar, comprar, limpiar, pasear al perro, jugar con el gato, responder a todas las personas que deben creer que las ignoro, corregir exámenes, preparar clases, prácticas de coro, dibujar, leer, escribir, relajarme… Y todo esto mientras siento todo el dolor que ya he descrito anteriormente.

Son las 9 p.m. de nuevo y me encuentro acurrucada en el sofá con una mantita calefactora y un masajeador de pies Shiatsu, mi mantita y mi aparato de Electroestimulación percutánea, llorando y tratando de crear una lista de todas las cosas por las que estoy agradecida: amor, amistad, el brillo del sol, el arte, la música, las risas, los mojitos, que el gato duerma conmigo, las manzanas, los bebes que rien, los abrazos, el agua muy fría, las palabras y muchas cosas más.

A pesar del dolor y las migrañas, a pesar de las malas pasadas que me juega la memoria, a pesar de mis “buenos días” donde el dolor me es tolerable… creo que lo que me resulta más difícil es no poder vivir la vida de la forma que más me gustaría. No poder hacer todas las cosas que antes podía sin tener que planificar todo el tiempo de descanso y recuperación. No poder hacerlo todo en un dia. No poder salir con los amigos siempre que quiera. Decepcionar a personas que me importan cuando les dije que haría algo y no he podido. Saber que esto me acompañará siempre. Saber que has de cambiar radicalmente tu forma de ver la vida. Y preocuparte constantemente de parecer una persona irresponsable, desconfiable, perezosa que no cumple ninguno de sus compromisos.

Esta es mi rutina diaria. Me gustaría concluir este texto con algo positivo e inspirador. Me gustaría ser la persona de la que alguien diga “Hizo eso para…” pero no es así. No tengo nada positivo que decir sobre la fibromialgia. Todo lo que puedo hacer es cuidar de mi misma e intentar disfrutar de los pequeños momentos, como un domingo por la mañana con una taza de té caliente.

Artículo original: https://themighty.com/2016/11/day-in-the-life-with-fibromyalgia-symptoms/

 

Kira McCarthy es una maestra de educación especial, artista, escritora y abogada.
Entre sus pasiones están las recomendaciones sobre desórdenes 
alimentarios, el dibujo y el estudio de neurociencias.
http://foxtaleskira.blogspot.com/ 
www.foxtales.ca
Instagram: @Foxtaleskira

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